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NÓMADES DEL ISTMO

Actualizado: 20 jun


10,000 a. C.

Sigilosamente, fueron cercando a las grandes bestias que pastaban en una planicie cubierta de altos pastizales. Ocultos tras la muralla verde que oscilaba por la tenue brisa, los cazadores esperaron la señal del jefe. Él era quien mandaba. Sus ojos se mostraban activos, inquietos, inteligentes, siempre al acecho, percibiendo la energía en el ambiente, sintiendo la sangre de los camélidos que estaba a punto de matar. Pronto, se rompió el silencio y, desde los pastizales, retumbó su grito de ataque. Entonces, llovieron las mortales lanzas con punta de obsidiana y comenzó la matanza. Heridas de muerte, fueron cayendo varias paleolamas; el resto de esos altos y lanudos camélidos —del tamaño de un dromedario— partieron despavoridos a la carrera ante la brutal cacería de esos temerarios humanos.




Satisfecho, el jefe ordenó el retorno al refugio. Antes de que llegara la noche, volverían cargados de carne fresca y pieles para encontrarse con el resto del clan. Era líder de una familia viajera que fue creciendo, y sabía que esta tierra de bosques ubicada entre dos mares era un sitio donde cazarían y pescarían sin esfuerzos. Conocía el estrecho paso del Istmo y sabía que la recompensa sería grande. Esta tierra de volcanes, por donde pasaban cientos de miles de animales migrando entre los continentes desde tiempos inmemoriales, era el sueño de un cazador. Aquel puente de cordilleras, bosques y sabanas ofrecía presas fáciles, y en sus dos océanos era tal la abundancia de peces que, a menudo, la superficie del agua parecía alfombrada de cuerpos relucientes, listos para que los atraparan y se saciaran con ellos.



Su rostro salvaje y seguro mostraba unos párpados abultados que ocultaban sus ojos rasgados, los cuales delataban su origen y el de sus ancestros, quienes llegaron a las Américas desde las antípodas, la lejana Asia, siempre detrás de las grandes manadas, en una agotadora migración de siglos.



Muy a menudo, al calor del fogón, las preguntas que daban vueltas en su cabeza se convertían en certezas. ¿Para qué seguir yendo siempre detrás de las manadas, si aquí había tantas presas? ¿Para qué continuar viajando sin fin? Esa noche, el jefe miró a su numerosa familia que, satisfecha y bien abrigada, descansaba acurrucada cerca del fuego, y se decidió sin dudar. Se quedarían. Echarían raíces como los grandes árboles del bosque.



Sin sospechar lo transcendental del paso que estaba dando, no imaginaba que pronto otros clanes viajeros, cazadores-recolectores, seguirían sus pasos, dando inicio a nuevos tiempos, a la revolución agrícola y a la domesticación de animales y plantas. La semilla del cambio hacia una nueva forma de vida había germinado.



Con el tránsito de la cacería a la agricultura, el desarrollo económico permitió que se formaran sociedades, que evolucionaron de simples a complejas en lo social, político y cultural. Cien siglos de ocupación humana en el Istmo dejaron su huella en la cultura, en las costumbres. Las evidencias arqueológicas muestran el alto grado de refinamiento que lograron algunas de las culturas originarias istmeñas, como es el caso de los “Señores del Río Grande”, los Coclé.



Por Alejandro Balaguer

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