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EL CANAL VERDE

Actualizado: 20 jun

Una mañana de abril, partimos del aeropuerto de Albrook, la ex base aérea de los Estados Unidos, ubicada junto al puerto Balboa y a la estación terminal ferroviaria del Panama Canal Railway. La aeronave toma altura y ante nosotros se extiende la cuenca interoceánica del Canal de Panamá hasta un gran espejo de agua, el Gatún. Nos parece increíble que este lago artificial anteriormente fuera un gran valle. Los constructores estadounidenses crearon el embalse —a 85 pies (unos 25 metros) sobre el nivel del mar—, para incrementar la cantidad agua para el Canal.

 


Remontamos el Chagres, un paraíso verde que da su nombre al Parque Nacional Chagres. Con una extensión de 125.491 hectáreas, posee un 84% de cobertura boscosa. Es una de la áreas protegidas más ricas del país, ya que alberga un recurso hídrico extraordinario. Está cubierto de colosales árboles enraizados en la secuencia de montañas, que son captadores de agua de lluvia que luego fluye por cientos de arroyos hasta llegar a los acuíferos del subsuelo, humedales y ríos. Toda el agua que utiliza el Canal es producida por las copiosas lluvias —casi el 50 por ciento proviene del área de bosques maduros del Chagres— que es regulada por la vegetación que observamos.

 

Ascendemos hacia las nubes y vemos otro lago, más pequeño, el Alajuela, creado hace más de 70 años al represar el río Chagres. El principal objetivo de esta obra de la ingeniería fue asegurar una reserva de agua para prevenir una disminución del nivel en el lago Gatún. Sin la naturaleza pródiga del Chagres, que brinda agua en cantidades inimaginables para el paso de los barcos, nos queda la certeza de que difícilmente la economía panameña podría estar basada en el paso de barcos por el Canal y la carga de contenedores.

 

Llegamos a la costa del Caribe, cerca al puerto de Colón, donde un sendero entre el bosque inundable nos lleva hasta el Centro de Investigaciones Marinas de Punta Galeta, administrado por el Instituto Smithsoniano de Investigaciones Tropicales (STRI). Nos encontramos con el antropólogo Stanley Heckadon, quien nos habla sobre los esfuerzos por mantener la cobertura boscosa al abrigo de áreas protegidas conectadas como una suerte de corredor de bosques; una estrategia que se ha ido fortaleciendo con los años.

 


“Los paises optan por su estilo de desarrollo, y nosotros optamos por vivir en armonía con la naturaleza extrarodinaria que hemos heredado y de la cual tenemos que ser custodios por nuestra propia superviviencia; y creo que el Parque Natural Metropolitano, el Parque Nacional Camino de Cruces, el Parque Nacional Soberanía, el el Parque Nacional Chagres, el Parque Nacional San Lorenzo y el Parque Nacional Portobelo son parte de este complejo de áreas protegidas conectadas en la parte más angosta del Istmo y una de las más ricas de diversidad biológica del Nuevo Mundo. Es una oportunidad única que se le ha presentado a Panamá, tener estos tesoros hídricos. Por lo tanto, creo que cualquier proyecto de desarrollo que destruya la posibilidad que nos dan con sus valiosos servicios ambientales debe ser cuestionado y abandonado. El cuidar los rastrojos que nos quedan, los bosques secundarios y primarios, es la forma más eficiente de proteger las cuencas y las quebradas de los ríos”, dice Heckadon.

 

De acuerdo con estudios realizados por los científicos del STRI, se sabe el valor de cada árbol para la generación de agua. “Un árbol en ésta área inyecta a la atmósfera cada día de su vida 125 galones de agua en forma de vapor, y como ese árbol vive entre 100 y 200 años, son más de 50.000 galones de agua que un solo árbol está inyectando a la atmósfera. Ese es el servicio ambiental que ese árbol presta. Pero como en una hectárea de bosque no hay un árbol sino centenares, ¡el volumen de agua por hectárea que se inyecta a la atmosfera es extraordinario!”, agrega.

 

La prueba está en cerro Ancón, que era un cerro pelado. “Cuando ustedes ven las fotos de cerro Ancón en la época de la construcción del Canal, notarán que no hay árboles sino un gran pajonal hasta arriba. ¿Por qué? Porqué se protegió durante la Colonia por órdenes del Emperador, pero en el periodo colombiano —cuando Panamá era una provincia de Colombia— se dejó que los que tenían influencia [los] tumbaran para leña, para carbón, y pelaron el cerro. Se secó el chorro, el Chorrillo, hubo una crisis del agua; y pusieron a los entendibles y notables de 1880 a estudiar porqué se había secado el chorro del Chorrillo, que abastecía a la ciudad de Panamá. El resultado fue que estábamos tumbando los bosques. Increíblemente, por razones militares, no por otras, los norteamericanos protegieron el cerro Ancón, y miren que selva más bonita. Y, además, barato”, concluye Heckadon.

 

El reconocido intelectual panameño nos cuenta que, en un contexto de cambio climático, no solo se han conservado los ecosistemas; tambien la ACP ha invertido en mejorar la economía a los campesinos de las zonas aledañas con pagos por evitar la deforestación de los bosques para así garantizar más agua. Actualmente, proyectos agrosilvopastoriles, que garantizan árboles en pie, bosques de galería, sin quemas de pastizales, hacen que el flujo constante de agua en las cuencas no peligre. El agua y los árboles de la cuenca del Canal son uno de los principales pilares de la economía panameña.

 


Navegamos por el lago Gatún, que refleja el paso de las nubes sobre la estrecha cintura de Centroamérica. La proa de la embarcación de la ACP corta la superficie del lago con precaución dado el bajo nivel de sus aguas. Cientos de troncos emergen y se elevan hacia el sol, recordándonos que hace más de un siglo atrás este lago artificial fue un valle. Estamos en plena temporada de sequía y acompañamos a expertos del Canal a inspeccionar la cuenca. El fenómeno El Niño ha llegado con fuerza al Istmo. Los titulares de periódicos y noticieros panameños dan la voz de alerta. Los efectos de la sequía se extienden a lo largo y ancho del país y el Canal reduce su caudal. Panamá vive una crisis hídrica inusual.

 

Luego de un breve viaje, el azul profundo del Caribe nos recuerda la cercanía que separa los dos océanos. Cerca de las esclusas originales del Gatún, vemos las flamantes esclusas de Agua Clara. La ingeniería es imponente. El tercer juego de esclusas se ha convertido en el componente más importante de la ampliación del Canal debido a que permite la circulación de buques de mayor tamaño. “Los Neopanamax tienen un ancho aproximado de 49 metros de ancho con un calado de 15,02 metros y las nuevas esclusas tienen un ancho de 55 metros y una profundidad de 18,3 metros. El tercer juego de esclusas presenta 16 compuertas de acero —se construyeron en Italia y se trasladaron a Panamá por barco— con un peso promedio de 3.500 toneladas cada una. Al igual que las esclusas existentes, las nuevas esclusas tienen dos compuertas —de 58 metros de largo, 33 metros de alto y 10 metros de ancho— en cada lado de las cámaras. Su diferencia es que estas tienen un modelo con ruedas y se mueven de un lado al otro utilizando un motor y una serie de cables conectados en la parte superior. Cada compuerta tiene cinco divisiones. El primer piso está sellado y cuenta con cámaras para su flotación, lo cual aligera el movimiento. Los siguientes cuatro pisos están abiertos y permiten el flujo del agua”, nos cuenta un funcionario de la ACP mientras nos conduce por las nuevas esclusas que miran al Caribe.

 


Un buque Neopanamax deja atrás Agua Clara, se dirige hacia el lago Gatún con rumbo al corte Culebra. Observamos su silueta inmensa, que tapa a su paso los bosques de la Cordillera Central. Seguidamente, nuestro guía capta de nuevo nuestra atención. “Como ven, la tecnología punta del nuevo juego de esclusas asegura una navegación segura. La torre de control coordina el tránsito de las embarcaciones y utiliza fibra óptica para su comunicación y transmisión de datos. Hay más pantallas físicas para coordinar la operación de las esclusas. Tienen un sistema láser que detecta si cerca de la esclusa hay algún objeto, para evitar que se cierre”, dice.

 

El bosque tropical istmeño exhala masas de vapor mientras amanece. A la sombra de los colosales árboles de más 50 metros que se elevan sobre la vegetación, comienza nuestra aventura. El río Chagres alimenta a la cuenca canalera, que se divide en dos grandes regiones: la región oriental, que es la que dota de agua al Canal; y la región occidental, que es una inmensa reserva hídrica y forestal. En las entrañas de este edén verde, pequeñas aldeas de la legendaria etnia Emberá persisten en mantener su forma tradicional de vida cuidando los bosques y recibiendo a ecoturistas en busca de una experiencia cultural, y serán el destino de nuestra expedición.

 


Remontamos el Chagres hacia su cabecera. Lentamente, la larga balsa hecha de una sola pieza de madera avanza entre alfombras de plantas acuáticas que forman parches plenos de vida. A bordo del llamado “cayuco”, observamos garzas atigradas, con plumas que se asemejan a la piel del felino, atrapando sardinas; cocodrilos de larga cola con piel escamada sumergiéndose en las aguas color chocolate; y un acrobático mono araña que descansa en la copa de un árbol de espavel. Vamos a encontrarnos con los guardianes nativos del bosque del Istmo, indígenas Emberá que viven como sus ancestros, en una pequeña comunidad de chozas elevadas con techo de palma asentada sobre una isla cercana al pueblo de Gamboa. Desde hace unos años, los Emberá han decidido ir al rescate de sus costumbres como una fórmula de desarrollo basado en el turismo cultural y natural, lo cual está propiciando la conservación de los ecosistemas boscosos.

 

A medida que nos acercamos a la isla, los nativos lanzan sus redes de pesca, la cual es abundante en esta zona. Amarramos y nos recibe Melio Tocamo, un joven emberá que se presenta como el “presidente de turismo” de la comunidad. Lo acompaña una peculiar banda de músicos formada por una docena de nativos vestidos con pequeños taparrabos rojos. Las mujeres, de torso desnudo, vestidas con faldas y collares coloridos, embellecidas con tocados de flores frescas, nos ofrecen finas artesanías con una sonrisa y amabilidad difíciles de hallar en la gran ciudad.

 


Nos internamos en la cuenca del Canal. Un laberinto de canales enclavados en la espesura del bosque tropical, en la quebrada Jobo, nos conducen a la aldea nativa llamada Emberá Querá, o Fragancia Emberá. Nuestro guía, Melio Tocamo, nos enseña los secretos del bosque, su fauna y flora, hasta llegar a un espejo de agua alfombrado por nenúfares desde donde se divisa la nueva aldea, ordenada, limpia, alegre. La sincera hospitalidad de esta comunidad indígena formada por más de 70 adultos y un enjambre colorido de niños y niñas nos regocija. Nuevamente, músicos y danzantes nos reciben con bailes y sones que representan sus riquezas naturales, los animales del bosque y la alegría por la vida. Las mujeres elaboran calladamente artesanías que representan formas de animales, hechas con semillas de tagua, hojas de palma y fibras naturales. Los niños aprenden de los mayores los secretos del arte popular. Los jóvenes nos guían por senderos para observar una avifauna variadísima. Conocemos el interior de sus viviendas típicas, donde la vida transcurre al calor del fogón. Compartimos momentos festivos, y la amistad se manifiesta en cada mirada.

 

Antilano Flaco, líder de la comunidad, nos cuenta sus sueños. “Estamos abriendo las puertas de nuestra cultura a los visitantes, y queremos compartir nuestra sabiduría a través de la oportunidad que nos trae el turismo sostenible, que es nuestra gran esperanza. Para mi pueblo, que sufre grandes necesidades, es una forma de ganarse un justo ingreso y la forma más saludable de desarrollarnos en armonía con la naturaleza”, dice el emprendedor indígena. Antilano ha logrado, en poco tiempo, convertir su aldea en un reducto de tradiciones y de hospitalidad con los visitantes, que ha llamado la atención de la cooperación internacional. Emberá Querá ya ha recibido importantes fondos para varios proyectos, como el de agua potable y saneamiento, que han traído una mejor calidad de vida a los emprendedores indígenas, quienes, por ende, se han vuelto aliados estratégicos del Canal para el cuidado de los bosques que regulan el agua. A medida que nos alejamos, la música de despedida se confunde con los sonidos del bosque mientras vamos de retorno a la cercana ciudad de Panamá, distante a media hora en bote y una hora en automóvil. Con esa imagen idílica en nuestra memoria, vamos pensando en el futuro de los guardianes del bosque, que han seguido practicando el visionario legado conservacionista de sus ancestros para garantizar la supervivencia, promoviendo un turismo sostenible para mejorar sus ingresos y revalorizar su propia cultura, al cuidado de la biodiversidad y los bosques productores de agua.


Por Alejandro Balaguer

 

 

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